Laos, un destino inigualable – Laos enero 2018

Laos, un destino inigualable – Laos enero 2018

Miércoles 17 de enero
Parece que los hoteles de Asia están en concurso para ver cuál puede ofrecer el mejor desayuno. Ya nos pasó en diciembre del año pasado en el hotel Melia de Yangon donde empecé cada día con un enorme bol de mohinga, plato nacional de Birmania, seguido de yogur con fruta de la pasión (la parte saludable de la extravagancia de calorías), unas tostadas, huevos revueltos, y litros de té, mi vicio matinal. Aquí en Bangkok había huevos con beicon, pasteles, dumplings, sushi (¿sushi para desayunar?) y fruta tropical fresca. Vamos, un festín. Cuando finalmente salimos de allí, ¡nos dimos cuenta de que faltaba solo una hora para comer! Habíamos reservado de nuevo en el restaurante de dim sum del Chef Man, donde ya había comido con Bernd (Knöller) justo hace un año. “Buena señal” dice Guillermo al llegar, “somos los único occidentales”. “¡Serás tú!” contesté algo indignado. ¡Es que cuando estoy en Asia me identifico como el biznieto de Ma Khin y me sale la vena nacionalista birmana! Aunque tengo que señalar que ya en una ocasión en Bangkok preguntaron si Guillermo es mi hermano. “¡Sí”, contesté yo, “es mi hermano mayor”!

Comida en Chef Nam
Comida en Chef Nam

La comida en Chef Man es un sinfín de delicias: repetimos el abalone que probé por primera vez con Bernd, y seguimos directamente con una sopa de alita de tiburón. Cómo disfrutan los chinos con las texturas de la comida, el crujiente suave del cartílago de la alita, seguido por una babosa cheng fun, (pasta de arroz al vapor relleno en este caso de cerdo a la barbacoa), un siu mai, ravioli de carrillada con su propio caldo dentro. (Guillermo ha vivido en China y me enseña comerlo sin quemarme la boca apoyando el ravioli en la cuchara y rompiendo la bolsa de pasta con los palillos para que salga el caldo, que se bebe desde la cuchara). Después una especie de gnocchi de espinacas envuelto en pasta y terminado a la plancha, y unos ligeros snow buns, (piensa en baos con una textura arenosa y algo dulce)…y así siguió, sin grandes sobresaltos de sabores (la cocina cantonesa en este sentido es bastante plana), pero con muchas texturas.

Disfrutamos de la tarde libre en la piscina del hotel hasta que llega la hora de irnos hacia la estación de trenes donde emprendemos el viaje nocturno hacia Laos. Me chiflan los trenes en Tailandia, y tenemos la gran suerte de estrenar los vagones en el exprés a Vientián. Está impecable, un compartimento con dos literas, sábanas impolutas, televisores individuales e incluso wifi. Cómo disfruto de esta sensación de estar comiendo los kilómetros hacia otro país mientras entro y salgo de sueños repletos de escenas tropicales y aún más comida.

Jueves 18 de enero
El puente de la amistad une Tailandia con el vecino Laos, cruzando el Mekong. Curiosamente, el mismo puente lleva tanto el tren como los coches sobre el mismo plafón, así que nos despertamos a las 7 con la extraña sensación de estar en un tren en medio de la carretera. Paran los coches para dejarnos pasar y nos despedimos de Tailandia para entrar en este gran desconocido de Asia, The People’s Republic of Laos. Bajamos del tren y pasamos por una serie de ventanillas para tramitar el visado, un procedimiento fácil. Allí nos espera un taxi para llevarnos a la capital, Vientián. Nos damos cuenta de lo fácil que es hoy en día viajar.

Vientián tiene que ser una de las capitales más tranquilas de Asia. Carece de los omnipresentes rascacielos y los atascos que caracterizan las grandes ciudades de las economías emergentes. El aire se puede respirar y no hay un exceso de ruido. Hacemos el check-in en un pequeño hotel y pateamos la ciudad sin encontrar mucho de interés. Vientián nos recuerda a la zona comercial de un pueblo costero de la comunidad valenciana, así que optamos por dedicar nuestra visita a investigar la gastronomía local. Almorzamos sticky rice con mango, un plato omnipresente en Tailandia, pero esta versión es excepcional, tanto que pasamos el resto del viaje con el recuerdo de esta delicia provocando un mono insaciable. Por la noche, volvemos al mismo local (Fruit heaven se llamaba) y disfrutamos de un maravilloso plato de hierbas fritas (hoja de lima, citronella, galangal, ajo, menta, cilantro) con costillas de cerdo. Solo por estos dos platos, valía la pena parar en Vientián. Quizá Laos no es de los grandes países asiáticos para comer, pero estamos a punto de descubrir que tiene otros encantos que lo hace nun destino inigualable.

Viernes 19 de enero
Nos despertemos a tiempo para coger el autobús de línea de Vientián a Konglor, un pequeño pueblo al final de una carretera a ninguna parte que es conocido por una cueva de 7km de longitud que se puede transitar en barco. Un poco cansados de las ciudades (incluso de las pequeñas ciudades), decidimos escapar a esta zona remota en el centro de Laos. El viaje no defrauda y 4 horas más tarde, el autobús nos deja en un descampado donde nos espera un sŏrngtăaou, un taxi/camioneta cubierto con una lona. Ya está cargado de gente local y algún mochilero, cada uno con sus enseres, pero nos hacen un hueco y emprendemos un incómodo pero divertido viaje por un camino de tierra siguiendo un valle entre escarpadas montañas de piedra caliza. A cada lado hay campos de arroz y tabaco. Se está poniendo el sol, y me siento afortunado poder vivir este momento rodeado de tanta belleza natural y de estas personas sonrientes, generosas y confiadas. Llegamos al pueblo al final de la carretera y nos despedimos de nuestros nuevos amigos para ser recibidos calurosamente en un pequeño homestay, una casa de huéspedes con visitas sobre los campos hasta las montañas en el horizonte.  Paseamos por el pueblo de casas de madera donde gallinas, cerdos, búfalos y vacas deambulan entre la gente. Los lugareños nos saludan con enormes sonrisas y un amable “¡Sabaidee!”. Tomamos una cerveza, y decidimos que Vietnam nos puede esperar. No tenemos ninguna prisa para marcharnos de aquí.

Sábado 20 de enero
Después de un desayuno generoso, una sopa de arroz para Guillermo y un bol de noodles picante para mí, nuestro anfitrión nos presta unas bicicletas y salimos para explorar. Aún es temprano, pero el sol pega y después de unos kilómetros, paramos en una aldea donde la población entera está recogiendo la cosecha de tabaco. Con señales me invitan a sentarme con ellos y participar en el proceso de selección y secado de las hojas. Me pongo de cuclillas para ayudar, pero en pocos minutos está claro que este farang burgués de trabajo de campo sabe poco. Mi intento de pinchar el tallo de la hoja de tabaco con un pincho de bambú resulta en hoja tras hoja rota y descartada. Afortunadamente solo provoca risas. No puedo evitar pensar que en otros tiempos habría sido motivo suficiente para cinco años de reeducación, pero los lugareños son pacientes y poco a poco pillo el truco y enseño orgulloso un pincho entero de hojas listo para colgar en el secador. Me explican el proceso en Lao, no entiendo casi nada, pero miro con interés y sonrío mucho, que es lo que hago en situaciones en las que me siento totalmente perdido. Nos despedimos del grupo y volvemos a coger las bicis, que nos llevan a unas cuevas misteriosas, viejos refugios de tiempos de una guerra demasiado reciente. Sobre Laos, un país supuestamente neutral, cayeron 270 millones de bombas de racimo americanas durante la contienda vietnamita, 80 millones de las cuales no explotaron. El resultado de esta campaña es que desde que terminaron los bombardeos más de 20.000 personas han muerto o resultado heridas por artefactos sin explotar, enterrados en sus campos.

Cosechando tabaco
Cosechando tabaco

Acalorados y cansados, el río cercano es una invitación que no podemos ignorar y abandonamos las bicis para tirarnos al agua con el mismo entusiasmo que los niños que nos acompañan. Volvemos al pueblo cansados y felices, y conscientes de lo poco que hace falta para generar esta buena sensación. Un plato de larb lao y una cerveza fría pone fin a un día memorable.

Domingo 21 de enero.
No era nuestra intención quedarnos tres días aquí, pero aún tenemos que visitar la cueva grande. Entramos en el parque nacional pagando una entrada de 2000Kip (céntimos de un euro) y un amable remero nos sube a su barco. Con linternas atadas a la cabeza nos metemos cueva adentro y quedamos asombrados. En algunos puntos, la cueva llega a 20 metros de altura, y durante kilómetros quedamos maravillados por esta obra de la naturaleza llena de estalagmitas y cortinas de piedra caliza con extrañas y evocadoras formas. Es la temporada seca y en algunos puntos tenemos que arrastrar el barco ya que no llega a haber más que unos centímetros de profundidad de agua. Después de media hora de recorrido finalmente percibimos luz, y salimos en una zona selvática que nos provoca ganas de quedarnos más días, o al menos de volver pronto a este lugar tan especial. Pero no podemos olvidar que estamos aquí para ampliar nuestro conocimiento de la gastronomía asiática, y Vietnam nos espera, así que después de otro baño en el río y un último plato de larb lao, nos acostamos pronto como la gente del pueblo, para despertarnos a las 5 de la mañana con el cacareo del gallo de nuestro vecino, y el sŏrngtăaou en la puerta esperándonos.