Traslado accidentado a Vietnam y pasión por Hanoi – Vietnam enero 2018

Traslado accidentado a Vietnam y pasión por Hanoi – Vietnam enero 2018

Lunes 22 de enero.

Al subir al sŏrngtăaou somos solo cuatro personas, cada uno con su mochila, todo un lujo en este vehículo de diez plazas. Bromeamos sobre un banco de madera guardado debajo de nuestros pies: “¡A ver si lo sacan y meten diez pasajeros más!”. Pero cinco kilómetros más adelante no estamos de risitas. Ya han subido una docena de pasajeros más, cada uno con kilos de equipaje que superan su propio peso. Sacos de arroz, verduras, maletas… estamos apretados como sardinas en lata. Sin posibilidad de que quepa ni una persona más. Pero vuelve a parar el furgón ante un grupo de cinco monjes budistas, dos hombres mayores, dos jóvenes y un niño. Ante las protestas de los occidentales y las sonrisas de los lugareños, suben los religiosos con paraguas, textos sagrados, inciensos y bolsas de comida. Hay un momento de confusión. Los monjes no pueden sentarse al lado de una mujer, así que cambiamos de sitio como serpientes en un saco, y todo se arregla en este mundo mejor de todos los mundos posibles y hasta los españoles dejan de quejarse.

Llegamos a la primera aldea donde nos instan a bajar del sŏrngtăaou y esperar el siguiente minibús que nos llevará a Lak Xao, un pueblo con un mercado enorme, y poco más. Y allí se empieza a torcer la cosa. Estamos a 2 horas de Vietnam y es nuestra intención cruzar la frontera en un autobús de línea y seguir la carretera hasta Vinh, una ciudad en el norte del país con buenas conexiones a Hanoi. Compramos dos billetes por la considerable suma (aquí) de 30$. Nos ponemos a esperar y a los 10 minutos, la misma vendedora se acerca y dice que hay un cambio en el bus y nos entrega dos nuevos billetes y nos empuja hacía una furgoneta, con tal sobrecarga que las ruedas chirrían contra la carrocería. Nos asomamos a la puerta y vemos que todas las sillas de pasajeros menos dos han sido arrancadas para poder cargar el vehículo con cajas de contrabando, tabaco, electrodomésticos y alcohol. “¿Es el autobús a Vinh?” pregunto incrédulo, y el chófer asiente con la cabeza con un entusiasmo sospechoso. “¡Qué remedio!” dice Guillermo, ¡y razón tiene! Sin más opciones pasamos nuestras mochilas a un peón que las coloca en una vaca en el tejado del vehículo, apoyadas sobre un bulto que empieza a emitir chillidos -un jabalí negro enorme envuelto en cuerdas. Nuestras quejas caen en saco roto y al final solo conseguimos que coloquen las mochilas en la parte delantera de la vaca, evitando así que el pobre animal vacíe sus tripas sobre nuestro valioso equipaje. Subimos para ocupar las dos plazas, incrédulos, pero ya acostumbrados cuando suben una docena de pasajeros más que ocupan el espacio que quedaba para el aire. Y el vehículo arranca, a velocidad de caracol y al ritmo de los golpes y chillidos de nuestro pasajero porcino hacia la frontera con Vietnam.

Y tardamos horas, porque es zona montañosa, pero finalmente llegamos a un puesto fronterizo, pobre y desangelado en el lado Lao, glorioso y majestuoso al cruzar a la parte vietnamita. Bajamos para hacer las gestiones de inmigración y ponemos cara de tontos cuando el guardia nos pide propina para poner el sello en nuestros pasaportes. Nos dejan pasar sin más molestias, pero nuestros compañeros de viaje no tienen la misma suerte. Un oficial con un uniforme lleno de medallas se acerca a nuestra furgoneta con una escalera de bambú y una navaja en la mano. Sube al techo y empieza a rajar las cajas, parando cuando oye nuestras protestas: “nuestras mochilas no, por favor, y el cerdo tampoco!” Baja de la baca con cara de pocos amigos y empieza a dedicar sus energías a sacar cajas de la furgoneta con un entusiasmo revolucionario. Se acerca una señora, la que manda entre nuestros co-pasajeros, y empieza una negociación que acaba con un acuerdo. Las cajas vuelven a la furgoneta, volvemos a subir, y el cerdo suspira con resignación. De aquí la carretera es cuesta abajo hasta Vinh.

Queremos seguir hacia Nim Binh pero el acoso de los taxistas agresivos en la estación de autobuses de Vinh nos hace huir hacia la estación de trenes donde un amable lugareño nos ayuda a comprar unas plazas en el Reunification Express que recorre Vietnam entre Ciudad Ho Chi Minh en el Sur y Hanoi 1500 kilómetros al norte. Tenemos suerte y conseguimos dos plazas en el tren nocturno, que nos deja tiempo suficiente para cenar bastante mal en un restaurante de cocina coreana enfrente de la estación. Con una puntualidad asombrosa dado que ha salido de su estación de origen 30 horas antes, llega el tren y encontramos nuestras literas en un maloliente vagón con dos compañeras de compartimento ya instaladas. Ellas mantienen una conversación animada con Guillermo que él no llega a entender hasta que de repente una de ellas saca una placa policial. Tal gesto provoca un momento de pánico entre nosotros hasta que nos damos cuenta de que es una manera de presentarse, y el resto de la noche dormimos con la tranquilidad de saber que estando vigilados por estos dos ángeles de Willy nada malo nos va a pasar.

Martes 23 de enero

Llegamos a Hanoi a las 5 de la mañana y la ciudad está aún durmiendo. Cogemos un taxi a nuestro hotel, un establecimiento sencillo y económico, y nos acercamos a la recepción, donde aparentemente no hay nadie. Tocamos una pequeña campanita en el mostrador y de la nada salta el recepcionista, acostado hasta ahora debajo de una manta en el suelo. Con los ojos aún cerrados nos pide nuestros pasaportes, pero el pobre chico está tan dormido que no se entera ni de dónde está, así que le indicamos que vamos a dejar nuestras mochilas y volveremos más tarde.

A estas horas no hay nada para hacer por la calle, pero por suerte encontramos cerca un hotel mejor que el nuestro. Se llama La Siesta, y agotados como estamos, pensamos que ese nombre solo puede ser una buena señal. En la recepción, el conserje de noche nos invita a acomodarnos hasta que abra el restaurante para desayunos, así que nos quedamos sofeando hasta las 6:30 antes de subir y zamparnos unos huevos benedict, tostadas, fruta, zumos frescos y largas tazas de té, ¡Un desayuno digno de Ma Khin Café! Con las energías recuperadas, volvemos a nuestro hotel donde nos reubican en otro establecimiento por falta de habitaciones, y después de una ducha tan deseada como necesaria (llevamos 24 horas viajando) salimos en busca de esta gran delicia vietnamita: el bánh mi. Este plato clásico de street food vietnamita es de los pocos vestigios positivos de la aventura colonial francesa en Vietnam, aunque es cuestionable que un buen bocadillo compense a los vietnamitas dos conflictos devastadores cuyas consecuencias duran hasta hoy. Aun así, nuestro primer bánh me sienta de maravilla, una baguette con corteza fina y crujiente untada con mantequilla y paté y rellena de pollo asado y deshilachado, pepino, chalota frita, fiambre de cabeza de cerdo, salsa picante y cilantro. Ya tenemos energía para un poco de turismo y qué lugar sería mejor para empezar que en la cárcel.

No queda mucho de la cárcel de Hoa Lo, conocida por los prisioneros de guerra de Estados Unidos como el Hanoi Hilton. Pero las deprimentes celdas que siguen en pie son un recuerdo suficiente para entender que las cárceles, ya infrahumanas en países desarrollados, se convierten en verdaderos infiernos en los países pobres. Hoy la cárcel es un museo, con un aire propagandista característico de la historia del vencedor. La pared está adornada con fotos de sonrientes criminales de guerra americanos recibiendo paquetes de la Cruz Roja, mientras que otras aulas muestran los instrumentos de tortura y la guillotina con que los franceses atormentaron los mártires de la revolución. Pero fuera quien fuera la víctima, el sufrimiento de todos los que quedaron encerrados entre estas paredes es palpable, y es un alivio poder volver a salir libre a la calle.

Nuestro desayuno y el primer bánh mi no ha saciado nuestros apetitos, y caminamos hasta encontrar un modesto restaurante conocido por su cha ca, otro plato clásico de la cocina vietnamita. No es difícil encontrarlo, la calle lleva el mismo nombre que el plato, y subimos un piso para encontrar un pequeño comedor con mesas de madera. Nos sentamos y una señora seria nos pasa el menú que lleva escrito: “Solo servimos un plato. Cha ca.” ¡Curiosamente, aun así, nos pregunta lo que queremos! Traen un quemador pequeño de gas a la mesa y encima colocan una sartén de aluminio donde ya han sofrito trozos de pescado blanco marinado previamente con cúrcuma. Al lado de cada comensal colocan un bol con tallarines frescos de arroz, y otro de hierbas (eneldo, cilantro y cebolla china). Otros condimentos aparecen, cachauetes y nuoc cham, una salsa de pescado fermentado con guindilla y lima. Seguimos los pasos de un grupo de jóvenes vietnamitas al lado, y añadimos las hierbas a la sartén, dejando que impregnen al pescado con su sabor. Comemos el plato resultante con los tallarines y los condimentos. Es una auténtica delicia y tomamos buena nota, ya que este es un plato que servimos en Ma Khin y hasta ahora no habíamos probado la versión original. Estamos esclafados y camino al hotel nos zampamos un segundo bánh mi, mal elegido esta vez de un sitio de fast food. Y llegamos al hotel listos para partir la cama un par de horas.

Salimos de nuevo a la calle en busca de sustento. No entiendo cómo puedo tener tanto apetito, pero confío en que los kilos que nos ponemos ahora se perderán rápidamente con el arduo trabajo que nos espera a la vuelta. Nuestra primera parada es la heladería Kem Trang Tien cuyos polos nos refrescan y seguimos paseando hasta encontrarnos ante una tienda de café. Aprovechamos para comprar un paquete de Weasel coffee. El weasel (comadreja en inglés) que aparece en la etiqueta no es un es un ejercicio simpático de branding sino una parte esencial de la elaboración de este café tan valorado por los vietnamitas. En un proceso ya bastante industrializado, los animales están alimentados con granos de café. Durante el proceso digestivo las reacciones químicas aportan el sabor característico a vainilla al grano que sale al otro extremo del animal. Las heces se lavan (¡menos mal!) y se secan antes de tostarlas como cualquier café. La calidad está asegurada porque dicen que las comadrejas son muy selectivas y solo comen los mejores granos de café.

Los gritos que salen de un bar enfrente nos hacer apartar nuestra atención del discurso del vendedor de café. Juega Vietnam contra Qatar en la semifinal de la copa de Asia, y parece que la cosa está animanda. Pero tenemos otra misión esta noche. Nuestra amiga Yukari nos ha recomendado el restaurante Quan An Ngon, una suerte de centro gastronómico con todo tipo de street food vietnamita. La simpática camarera que nos recibe nos deja una carta larguísima y desparece en busca de nuestras bebidas, vuelve a los pocos minutos y está encantada de ayudarnos a sortear la inmensa selección de platos. Finalmente optamos por un crep vietnamita que se envuelve en papel de arroz con hierbas, un rollito de cangrejo frito con nuoc cham, pollo a la barbacoa con una salsa que pensamos que es hoisin y un salteado de gambas con citronela. Aquí un detalle, la camarera vuelve a la mesa y poniéndose unos guantes desechables, ¡dedica cinco minutos a pelarnos las gambas! Y para terminar unas cañas de azúcar recubiertas con magro de cerdo y asado, repelamos la carne de la caña y ya versados en el tema cogemos papel de arroz, hierbas y mojamos el resultante rollo de carne dulce en salsa nuoc cham. Una cena memorable, un servicio impecable. Nos estamos enamorando de Hanói.

¡Nuestra salida del restaurante coincide con el final del partido y Hanói explota! El camino al hotel es intransitable, bloqueado por decenas de miles de jóvenes en moto portando banderas y gritando “Vietnam”. No tengo gran simpatía por los nacionalismos, pero siento cierta emoción al pensar en este mismo pueblo celebrando otra victoria 42 años atrás. Llegamos con tiempo para tomar un último cóctel en la terraza, y a pesar de las celebraciones en la calle que siguen hasta altas horas de la mañana, después de un día tan largo, nada impide que durmamos como lirones.